Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Cultura, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señoras y señores:

Deseo, ante todo, expresar mi agradecimiento al jurado del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, a la alta investidura que lo patrocina y a las instituciones que hacen posible esta honrosísima distinción, la más preciada de la lengua, que hoy se me otorga. Mi gratitud es profunda y desborda lo meramente personal. En el año 2006 se galardonó con este Premio al gran poeta español Antonio Gamoneda y en el 2007 lo recibe también un poeta, esta vez de Iberoamérica. Se premia a la poesía entonces, “que es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa” para don Quijote, doncella que, dice Cervantes en “Viaje del Parnaso”,
“puede pintar en la mitad del día
la noche, y en la noche más escura
el alba bella que las perlas cría…
Es de ingenio tan vivo y admirable
que a veces toca en puntos que suspenden,
por tener no se qué de inescrutable”.

A la poesía hoy se premia, como fuera premiada ayer y aun antes en este histórico Paraninfo donde voces muy altas resuenan todavía. Y es algo verdaderamente admirable en estos “Dürftiger Zeite”, estos tiempos mezquinos, estos tiempos de penuria, como los calificaba Hölderin preguntándose “Wozu Dichter”, para qué poetas. ¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte.

Safo habló del bello huerto en el que “un agua fresca rumorea entre las ramas de los manzanos, todo el lugar sombreado por las rosas y del ramaje tembloroso el sueño descendía”, Mallarmé conoció la desnudez de los sueños dispersos, Santa Teresa recogía las imágenes y los fantasmas de los objetos que mueven apetitos, San Juan bebió el vino de amor que sólo una copa sirve, Cavalcanti vio a la mujer que hacía temblar de claridad el aire, Hildegarda de Bingen lloró las suaves lágrimas de la compunción, y tanta belleza cargada de másvida causa el temblor de todo el ser. ¿No será la palabra poética el sueño de otro sueño?

Santa Teresa y San Juan de la Cruz tuvieron para mí un significado muy particular en el exilio al que me condenó la dictadura militar argentina. Su lectura desde otro lugar me reunió con lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, el país del que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de imposible me brindaron. Ese es un destino “que no es sino morir muchas veces”, comprobaba Teresa de Avila. Y yo moría muchas veces y más con cada noticia de un amigo o compañero asesinado o desaparecido que agrandaba la pérdida de lo amado. La dictadura militar argentina desapareció a 30.000 personas y cabe señalar que la palabra “desaparecido” es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto. El Quijote me abría entonces manantiales de consuelo.

Lo leí por primera vez en mi adolescencia y con placer extremo después de cruzar, no sin esfuerzo, la barrera de las imposiciones escolares. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo habrá sido el hombre, don Miguel? Conocía su vida de pobreza y sufrimiento, sus cárceles, su cautiverio en Argel, su Lepanto, los intentos fallidos de mejorar su suerte. Pero él, ¿quién era? Releía el autorretrato que trazó en el prólogo de las Novelas Ejemplares: “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada”, que nada me decía, salvo la mención de sus “alegres ojos”. Comprendí entonces que él era en su escritura. Me interno en ella y aún hoy creo a veces escuchar sus carcajadas cuando acostaba al Caballero de la Triste Figura en el papel. Sólo quien, desde el dolor, ha escrito con verdadero goce puede dar a sus lectores un gozo semejante. Cómico es el rostro de la tragedia cuando se mira a sí misma.

Declaro que, en verdad. quise recorrer ante ustedes, con ustedes, los trabajos de Persiles y Sigismunda, o la locura quebradiza del licenciado Vidriera, o compartir la nueva admiración y la nueva maravilla del coloquio de los perros, o el combate verdaderamente ejemplar entre los poetas malos y los buenos que tiene lugar en “Viaje del Parnaso” y en el que cualquier buen poeta podía caer herido por un pésimo soneto bien arrojado. Pero tal como la lámpara alimentada a querosén que los campesinos de mi país encienden a la noche y alrededor de la cual se sientan a cenar, cuando hay, y luego a leer, cuando hay y cuando hay ganas, y a la que mosquitos y otros seres alados acuden ciegos de luz y la calor los mata, así yo, encandilado por don Alonso Quijano, no puedo sustraerme a su fulgor.

Muchas plumas hondas y brillantes han explorado los rincones del gran libro. Por eso, parafraseando al autor, declaro sin ironía alguna que, con seguridad, este discurso carece de invención, es menguado de estilo, pobre de conceptos, falto de toda erudición y doctrina. Sólo hablo como lector devoto de Cervantes, pero quién puede describir los territorios del asombro. Con mucha suerte y perspicacia, es posible apenas sentarse a la sombra de lo que siempre calla.

Cervantes se instala en un supuesto pasado de nobleza e hidalguía para criticar las injusticias de su época, que son las mismas de hoy: la pobreza, la opresión, la corrupción arriba y la impotencia abajo, la imposibilidad de mejorar los tiempos de penuria que Hölderlin nombró. Se burla de ese intento de cambio y se burla de esa burla porque sabe que jamás será posible terminar con la utopía, recortar la capacidad de sueño y de deseo de los seres humanos. Cervantes inventó la primera novela moderna, que contiene y es madre de todas las novedades posteriores, de Kafka a Joyce. Y cuando en pleno siglo XX Michel Foucault encuentra en Raymond Roussel las características de la novela moderna, éstas: “el espacio, el vacío, la muerte, la transgresión, la distancia, el delirio, el doble, la locura, el simulacro, la fractura del sujeto”, uno se pregunta ¿qué? ¿No existe todo eso, y más, en la escritura de Cervantes?

Su modernidad no se limita a un singular universo literario. La más humana es un espejo en el que podemos aún mirarnos sin deformaciones en este siglo XXI. Dice Don Quijote: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y la vida de quien la merecía gozar luengos siglos”.

Desde el lugar de presunto caballero andante quejoso de que las armas de fuego hayan sustituido a las espadas, y que una bala lejana torne inútil el combate cuerpo a cuerpo, Don Quijote destaca un hecho que ha modificado por completo la concepción de la muerte en Occidente: es la aparición de la muerte a distancia, cada vez más segura para el que mata, cada vez más terrible para el que muere. Pasaron al olvido las ceremonias públicas y organizadas que presidía el mismo agonizante en su lecho: la despedida de los familiares, los amigos, los vecinos, el dictado del testamento ante los deudos. La muerte hospitalizada llega hoy con un cortejo de silencios y mentiras.

Y qué decir de los 200.000 civiles de Hiroshima que el coronel Paul Tobbets aniquiló desde la altura apretando un simple botón. Piloteaba un aparato que bautizó con el nombre de su madre, arrojó la bomba atómica y después durmió tranquilo todas las noches, dijo. Pocos conocen el nombre de las víctimas cuya vida el coronel había segado. La muerte se ha vuelto anónima y hay algo peor: hoy mismo centenares de miles de seres humanos son privados de la muerte propia. Así se da en Irak.

Creo, sin embargo, como el historiador y filósofo Juan Carlos Rodríguez, que el Quijote es una gran novela de amor. Del amor imposible. En el amor se da lo que no se tiene y se recibe lo que no se da y ahí está la presencia del ser amado nunca visto, el amor a un mundo más humano nunca visto y torpemente entrevisto, el amor a una mujer que no es y a una justicia para todos que no es. Son amores diferentes pero se juntan en un haz de fuego. ¿Y acaso no quisimos hacer quijotadas en alguna ocasión, ayudar a los flacos y menesterosos? ¿Luchando contra molinos de aspas de acero, que ya no de madera? ¿Despanzurrando odres de vino en vez de enfrentar a los dueños del dolor ajeno? ¿”En este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos -dice Sancho-, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería”?

He celebrado hace dos años, con ocasión de la entrega del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, mi llegada a una España que no acepta las aventuras bélicas y que rompe clausuras sociales que hieren la intimidad de las personas. Hoy celebro nuevamente a una España empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro. Ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono Sur.

Para San Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces.

Enterrar a sus muertos es una ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre, inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. “¡Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera!”, exclama. Así habla de y con los familiares de desaparecidos bajo las dictaduras militares que devastaron nuestros países. Y los hombres no han logrado aún lo que Medea pedía: curar el infortunio con el canto.

Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular.

Pero volviendo a algunos párrafos atrás: hay tanto que decir de Cervantes, de este hombre tan fuera del uso de los otros. De sus neologismos, por ejemplo. Salvo él, nadie vio a una persona caminar asnalmente. O llevar en la cabeza un baciyelmo. O bachillear. Don Quijote aprueba la creación de palabras nuevas, porque “esto es enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso”. Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si éste fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran “lastimándolo” desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice “siempre mañana y nunca mañanamos” agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma.

Esas invenciones laten en las entrañas de la lengua y traen balbuceos y brisas de la infancia como memoria de la palabra que de afuera vino, tocó al infante en su cuna y le abrió una herida que nunca ha de cerrar. Esas palabras nuevas, ¿no son acaso una victoria contra los límites del lenguaje? ¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía.

Esto exige que el poeta despeje en sí caminos que no recorrió antes, que desbroce las malezas de su subjetividad, que no escuche el estrépito de la palabra impuesta, que explore los mil rostros que la vivencia abre en la imaginación, que encuentre la expresión que les dé rostro en la escritura. El internarse en sí mismo del poeta es un atrevimiento que lo expone a la intemperie. Aunque bien decía Rilke: “[...] lo que finalmente nos resguarda/es nuestra desprotección”. Ese atrevimiento conduce al poeta a un más adentro de sí que lo trasciende como ser. Es un trascender hacia sí mismo que se dirige a la verdad del corazón y a la verdad del mundo. Marina Tsvetaeva, la gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo, recordó alguna vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir.

Cuando llegué con el libro a casa, ella insinuó arrojarme un jarrón. Lógico, porque yo traía sobre mis brazos, acunando, las obras completas de Juanele.

Todavía estoy degustando este buen vino, ya hablaré en profundidad cuando mi corazón esté listo. Por el momento disfruto la dicha  de encontrarse con una voz tan profunda, tan densa y hermosa.

La edición es muy buena, es la segunda de las obras completas de Juan L. Ortiz, tiene todos los libros (claro), poesías, cartas y prosas inéditas. Introducción y notas de Sergio Delgado. Textos de Juan José Saer, Hugo Gola, Martín Prieto, D.G. Helder, Marylin Contardi y María Teresa Gramuglio.

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Así explica el Gobierno de la Ciudad la campaña “No hay ciudad sin poesía”.

Y aquí el cronograma de actividades.

ponferrada.jpgCuando uno lee a Ponferrada, constata la profunda tradición poética con que cuenta nuestro país.

Como es de imaginar, sus libros son difíciles de encontrar. Sin embargo la memoria de sus versos permanece viva, sobre todo en noroeste argentino. Nació en Catamarca el 11 de mayo de 1907, su poesía es una brillante identidad a pleno sol, entre el hombre, su pueblo y el paisaje.

Es autor de varios libros de poemas como “Calesitas”, “La noche y yo”,El alba de Rosa María”, “Flor mitológica” y “Loor de Nuestra Señora del Valle” y de obras teatrales como “El carnaval del diablo” y “El trigo es de Dios”  que le valieron reconocidos premios.

Amó a su provincia natal, a quien quiso dejarle su homenaje a través de los versos de “Loor de Nuestra Señora la Virgen del Valle”. Para encontrar sus poemas, nada mejor que viajar a Catamarca, al santuario de la Virgen  donde se podrá encontrar su canto a la patrona de todo el noroeste argentino, seguramente en alguna edición conjunta con otros libros.

III  - Aquí se dice cómo la historia de la Virgen 
comienza de repente. 

La historia de la Virgen comienza de repente;    
Así todo prodigio se suele hacer presente:    
La luz que nos alumbra fue repentinamente    
Y así será la hora del Juicio, ciertamente.

Dios no tiene presente, futuro, ni pasado;    
Dios es lo repentino eternamente dado.    
Y como en cada cosa su autor es reflejado    
Toda cosa comienza como Él las ha creado.

Mirad las maravillas que el día nos ofrece;
Comienzan de presente, o, al menos, nos parece:    
Repentina es el alba, pues de pronto amanece    
Y nadie ve el instante preciso en que aparece.

Tampoco es, el comienzo de la noche, advertido;    
Cuando nos damos cuenta es porque ha oscurecido    
O porque alguna estrella de súbito ha encendido    
Su fulgor cuyo origen jamás es sorprendido.

Mirad la primavera, que tanto hemos mirado;    
Siempre llega de pronto, como algo inesperado.    
Todo el año aguardamos y en el menos pensado    
Momento constatamos que el árbol ha brotado.

Y pues, como un principio primaveral debió    
Ser aquel día oscuro que el valle iluminó:    
El día en que la Madre de Dios aquí llegó    
Y en la gruta de Choya su Imagen floreció.

Primaveral sorpresa tuvo que haber tenido    
El valle al encontrarse de pronto embellecido    
Por esta Flor que nadie le había prometido    
Pero que, al ser nombrada, ya había florecido.

Pues ya había florecido la Siempre Bien Nombrada    
Entre breñales ásperos humilde y delicada.    
La colina de Choya fue su primer morada;    
En una oscura gruta la hallaron alojada.    

La hallaron unos indios, en una gruta oscura,    
Como una flor del aire de delicada y pura.    
La tradición lo dice y el tiempo lo asegura:    
Aún vemos la colina, la gruta aún perdura.    

¿Quién pudo aquí traerla? ¿Qué mano venturosa    
Hizo a esta tierra obsequio de Flor tan prodigiosa?    
La historia en este punto se queda silenciosa;    
La tradición lo tiene por cosa misteriosa.

Sólo se sabe de esto que un repentino día    
Los indios encontraron la Imagen de María;    
Y que secretamente le hicieron romería;    
Y que, seguramente, lloraron de alegría.

libro30.jpgI- Ocasión

Le pedí a mi amigo que salgamos a la caza de libros. Eso de andar buscando poemas, voces distintas, ejemplares en extinción; después una cerveza, y entre la espuma y la risa, seguir hablando de poesía. Siempre como en los viejos tiempos (aunque no hace tanto ¿verdad?), siempre iguales pues para qué cambiar nuestra cuota de felicidad.
Así se me pegó “Tras la llave“, de Jorge Leónidas Escudero.

Un libro maravilloso (permítanme esta palabra), lleno de reflexiones y pensamientos que lo dejan a uno mirando el cielo, tal vez una rosa o - lo que es mejor-, mirando para adentro; para adentro de uno mismo.

Así es Leónidas, es como un juego pero en la realidad, y uno se empieza a contagiar de la magia que embriaga su poesía.

II- La búsqueda del la verdad

Dos aspectos quisiera resaltar de este poemario: a) la realización de la poesía como conocimiento y b) la ironía.

Siempre tuve la certeza de que la poesía encarna una forma de conocimiento. Por algo se habla del pasaje del mito al logos. Algo así como que a partir de los presocráticos el hombre se vuelve racionalista; pero antes estaban Hesíodo y Homero que poéticamente aportaban una tradición y un conocimiento del mundo.

Entonces podemos decir que hay una explicación poética de la realidad que nos proporciona “conocimiento”. Enrique Molina en su novela Una sombra donde sueña Camila O’ Gorman, lo explica claramente en el prólogo, cuando habla de una explicación o abordaje poético de la historia, no menos riguroso que el método puramente científico.

Pero el conocimiento al que aspira llegar la poesía no es al denominado “natural”, sino al “sobrenatural”, es decir donde no puede llegar la razón. Por ello muchos poetas confunden la poesía como algo religioso.

Esta certeza (la poesía como conocimiento) se presento constantemente cuando leía Tras la llave. Leónidas Escudero busca la verdad, lo explicita en algunos de sus poemas, y por momentos hecha luz sobre ella.

En cuanto a la ironía, ésta es constante y es producto de la sabiduría del poeta que conoce sus límites. Ríe, crea, juega, canta, busca la verdad con paciencia y apenas la vislumbra se contenta y a la vez calla con cierta resignación al no poder aprehenderla en su totalidad.

III- El lenguaje

Una última reflexión: el lenguaje.
Leónidas no sólo escribe como habla su pueblo (nació y vive en San Juan) sino que, extrema el lenguaje por ejemplo, suprimiendo palabras que el lector completa como en una especie de trabajo interactivo de creación.

El lenguaje acompaña la poetización de situaciones cotidianas, y a partir de ellas el autor busca dar el salto trascendente.
Finalmente la construcción de diálogos es elemento recurrente en un contexto de natural fluidez verbal.

IV- Conclusión

Un poeta impactante, un poeta viejo y sabio.

 ***

Datos biográficos: http://www.edicionesendanza.com.ar/autor6.asp

Tras la llave, editado por Ediciones en Danza, 2006.-

***

El pensamiento gatuno

Al saltar por la ventana
a mi gato se le una pata en la reja y
colgado ahí quise ayudarlo. Cae
y no me da tiempo a que yo. Gime,
en el suelo se arrastra quiere
alejarse de mí y pobrecito
cree que soy el culpable.

Me mira sustado como diciendo: Malo
¿cómo pudiste hacerme eso?

Y nada más.
Ahora que con el tiempo sanó
de quebrarse una pata me mira miau,
miau, perdón, creí
que me habías querido matar.

Le acaricio cabeza le digo estás
ya bien, eso es todo. Y él
agradecido cierra loj ojos.

Tras la llave

¿Quién va? ¿Quién anda?
Díganme quién es y de dónde va a dónde
ese que ante mi puerta pasa a
ser feliz o a inmensamente
andar entre los que no aciertan una.

Pregunto e insisto porque anda ese hombre
con la lengua afuera por cansancio y sed
y yo corro igual ante espejismos. Buscamos
lo que jamás de los jamases, pero.

Esto es porque andamos
de modo picaflor en flores mientras
los gatos acechan. Miento,
no se trata de flores ni de gatos
sino de tantear piedras, ver si alguna
es la filosofal de toque para
cambiar nuestro mundo.
Y es mejor no decir más porque estamos
golpeando puestas del horizonte
con la cabeza y nos rebota, pelota,
sin que podamos agarrar la llave.

noche_ext.jpgEn Noche Extranjera, Leandro Calle no está solo. El autor está inmerso en una tradición poética que lo sostiene. Y a partir de este elemento, su obra, se manifiesta como coheredera de la alta poesía.

Su decir, entonces, se desarrolla en forma pausada y precisa, construyendo un diálogo maduro del hombre con el mundo, con su propia existencia, con los recuerdos de la infancia, la muerte y con Dios. Por esto último, Noche extranjera, es también oración interior y privada de un espíritu conmovido que plantea las preguntas fundamentales.

El verso largo y lírico, se alterna con la potencia condensada de la forma del Haiku que aparece en el momento preciso donde el poeta indaga la finitud de lo sensible, en contraste con lo sagrado, dejando una perfecta imagen poética de la presencia y distancia que vincula a Creador y creatura.

Una lectura recomendada.

Editado por Ediciones del Copista, Colección Fénix, dirigida por Pablo Anadón. 2007.

Tres poemas:

Algo habíamos quebrado
algo habíamos roto
algo habíamos hecho.

Nos descubrieron,
así lo dijo
el grito de la tía
el anuncio en los pasillos de la casa
la mirada de todos
la vergüenza.

Algo habíamos quebrado
algo habíamos roto
algo habíamos hecho.

Pero adentro
muy adentro
un impecable frasco
se hizo añicos
y cayó por el suelo.
Rodó por el piso la inocencia.

 ***

El fuego arde
aletea el viento
crujen las brazas.

Árbol de invierno
callado esqueleto
mudez del habla.

Llega la niebla
ante su manto blanco
el bosque cede.

 ***

REQUIEM

a Liz Azcona Cranwell

¿Dormías, entre la luz o la tiniebla de los últimos días?
¿Cómo fueron tus ángeles?
Vinieron de una tierra sin olvido
perfumando caballos que sólo existen en mis sueños.
El sabor de las almendras
el aquietado té
los papeles en el piso
las cifras de tu nombre
la malta
y el poema
clavado en tu garganta.
Ahora Liz, toda la sed será saciada.

La verticalidad del piano se acobarda
y en las mudas teclas
tocó la muerte un blues que conocimos.
Nos queda la palabra de tu boca sedienta
y  tu mirada fija
y tus intermitencias.
Ahora Liz, toda la sed será saciada.

Y nos quedamos solos
aprendiendo tu última poesía
el corazón destrozado
y sólo un destrozado corazón
es capaz de amar y de cansarse.
Toda la sed es niebla
y toda niebla es fría
al cruzar el umbral.
Ahora Liz, toda la sed será saciada.

Cierro los ojos y sonríes
porque tu cielo
es el país de la alegría.

elegias001_tapa_sola2.jpgElegías de la piedra que canta y Unca bermeja, dos obras de Juan Carlos Bustriazo Ortiz (1929), poeta de Santa Rosa, La Pampa, Argentina.

Leí el libro publicado por la editorial El Suri Porfiado este fin de semana, y ya lanzado en una segunda la lectura (estos textos la demandan), me animo también a escribir una línea en el blog.

Evidentemente Bustriazo Ortiz encarna una voz única (por su estilo) en el panorama poético; estamos en presencia de un poeta lírico que, de inmediato, nos aborda con el viento del llano pampeano, en sucesivas imágenes que construyen un paisaje de ensueño.

Esta palabra poética se construye sobre la forma, hay una geografía del poema que el autor respeta para, finalmente, dar el salto trascendente desde su núcleo.

Ediciones como la del Suri, y distintos trabajos de difusión, como el que lleva adelante Sergio De Mateo, y asimismo distintos homenajes en La Pampa y Buenos Aires, están dando sus frutos para acercar al público la poesía Bustriazo.

9

y otra vez fuiste una mariposa
de grandes alas escarlatas
oh y en las siestas estallantes
tus ojos eran rogativas
y yo cazaba en los cerrillo
animales de frentes tristes
para que soltaran los fogones
chillantes flores coloradas
chisporroteaban en las cavernas
los tremolantes corazones
otra vez fuiste un chamal blanco
sobre mi pecho con cicatrices
fuísteme un beso neblinoso
una centella desgranándote
oh y en la lengua de la tribu
hablabas tímida con el cielo
y ahora estoy ensusurrándote
piedras azules pasan volando
y en lo entreoscuro somos polen
 
 (de Unca Bermeja)

regenjacobo3.jpgLo había perdido hace unos ocho años, el libro era del poeta Jacobo Regen, Poemas Reunidos, ediciones del Tobogán. Una joya, dedicada por un amigo.

La pérdida, al parecer, me había marcado. Pero cuando todo esta perdido, el libro apareció y, claro, el barrio entero tomo cuenta…

Estaba en la casa de mi madre, escondido en las sombras, soportando mi descuido.

PALABRAS

Sólo te pido que recuerdes
la luz de aquel amanecer
que hemos amado tanto.
He derrochado contigo
tantas palabras que creíste
ciertas,
que palpitaban,
que vivían
y amé en ti mis palabras.
Cuando dejé de amarlas,
te perdí.

En un reciente intercambio por mail con Eugenio Mandrini, reciente ganador del premio Olga Orozco, me comentaba que sus libros eran inhallables.

Por otro lado, durante la semana, busqué por todas las librerías el último libro de Héctor Miguel Ángeli, Frutas sobre la Mesa (Ediciones el Mono Armado), y nada, imposible conseguirlo.

Es cosa sabida, un libro de poesía que se publica difícilmente se consiga en las librerías. Si no se tiene contacto con el autor hay que esperar que le den el Cervantes, entonces puede ser.

Las editoriales prometen distribución, pero uno comienza a preguntarse a qué se refieren.

El jurado integrado por Antonio Gamoneda (España), Juan Gelman (Argentina), Gonzalo Rojas (Chile) y Jorge Boccanera (Argentina) ha elegido el libro “Conejos en la nieve” de Eugenio Mandrini como ganador del concurso de poesía Olga Orozco.

Página 12, publica hoy una entrevista al ganador.

Asimismo, el jurado ha decidido otorgar una Mención Especial al libro Los Fronterantes, amparado con el seudónimo “Hurón”, que pertenece al poeta argentino Ariel Williams.

LIBERTAD (poema de Eugenio Mandrini )

Escribimos sobre ella
para no ser demolidos por el día (monótono elefante)
ni por la noche (jauría en la memoria).
Para que en esta ciudad tan fría
su nombre abrigue más que una barricada de lana.
Para que los amantes incendiarios no cesen
de brillar como meteoros cuando se apaga la noche.
Para que la oscuridad no presida
la mesa, el sueño, lo imposible, el mundo.
Escribimos sobre ella, en fin,
para no volvernos radiactivos.

Otros poetas, que la ignoran, son felices o triunfan.