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Cuando uno lee a Ponferrada, constata la profunda tradición poética con que cuenta nuestro país.
Como es de imaginar, sus libros son difíciles de encontrar. Sin embargo la memoria de sus versos permanece viva, sobre todo en noroeste argentino. Nació en Catamarca el 11 de mayo de 1907, su poesía es una brillante identidad a pleno sol, entre el hombre, su pueblo y el paisaje.
Es autor de varios libros de poemas como “Calesitas”, “La noche y yo”, “El alba de Rosa María”, “Flor mitológica” y “Loor de Nuestra Señora del Valle” y de obras teatrales como “El carnaval del diablo” y “El trigo es de Dios” que le valieron reconocidos premios.
Amó a su provincia natal, a quien quiso dejarle su homenaje a través de los versos de “Loor de Nuestra Señora la Virgen del Valle”. Para encontrar sus poemas, nada mejor que viajar a Catamarca, al santuario de la Virgen donde se podrá encontrar su canto a la patrona de todo el noroeste argentino, seguramente en alguna edición conjunta con otros libros.
III - Aquí se dice cómo la historia de la Virgen
comienza de repente.
La historia de la Virgen comienza de repente;
Así todo prodigio se suele hacer presente:
La luz que nos alumbra fue repentinamente
Y así será la hora del Juicio, ciertamente.
Dios no tiene presente, futuro, ni pasado;
Dios es lo repentino eternamente dado.
Y como en cada cosa su autor es reflejado
Toda cosa comienza como Él las ha creado.
Mirad las maravillas que el día nos ofrece;
Comienzan de presente, o, al menos, nos parece:
Repentina es el alba, pues de pronto amanece
Y nadie ve el instante preciso en que aparece.
Tampoco es, el comienzo de la noche, advertido;
Cuando nos damos cuenta es porque ha oscurecido
O porque alguna estrella de súbito ha encendido
Su fulgor cuyo origen jamás es sorprendido.
Mirad la primavera, que tanto hemos mirado;
Siempre llega de pronto, como algo inesperado.
Todo el año aguardamos y en el menos pensado
Momento constatamos que el árbol ha brotado.
Y pues, como un principio primaveral debió
Ser aquel día oscuro que el valle iluminó:
El día en que la Madre de Dios aquí llegó
Y en la gruta de Choya su Imagen floreció.
Primaveral sorpresa tuvo que haber tenido
El valle al encontrarse de pronto embellecido
Por esta Flor que nadie le había prometido
Pero que, al ser nombrada, ya había florecido.
Pues ya había florecido la Siempre Bien Nombrada
Entre breñales ásperos humilde y delicada.
La colina de Choya fue su primer morada;
En una oscura gruta la hallaron alojada.
La hallaron unos indios, en una gruta oscura,
Como una flor del aire de delicada y pura.
La tradición lo dice y el tiempo lo asegura:
Aún vemos la colina, la gruta aún perdura.
¿Quién pudo aquí traerla? ¿Qué mano venturosa
Hizo a esta tierra obsequio de Flor tan prodigiosa?
La historia en este punto se queda silenciosa;
La tradición lo tiene por cosa misteriosa.
Sólo se sabe de esto que un repentino día
Los indios encontraron la Imagen de María;
Y que secretamente le hicieron romería;
Y que, seguramente, lloraron de alegría.
I- Ocasión
Le pedí a mi amigo que salgamos a la caza de libros. Eso de andar buscando poemas, voces distintas, ejemplares en extinción; después una cerveza, y entre la espuma y la risa, seguir hablando de poesía. Siempre como en los viejos tiempos (aunque no hace tanto ¿verdad?), siempre iguales pues para qué cambiar nuestra cuota de felicidad.
Así se me pegó “Tras la llave“, de Jorge Leónidas Escudero.
Un libro maravilloso (permítanme esta palabra), lleno de reflexiones y pensamientos que lo dejan a uno mirando el cielo, tal vez una rosa o - lo que es mejor-, mirando para adentro; para adentro de uno mismo.
Así es Leónidas, es como un juego pero en la realidad, y uno se empieza a contagiar de la magia que embriaga su poesía.
II- La búsqueda del la verdad
Dos aspectos quisiera resaltar de este poemario: a) la realización de la poesía como conocimiento y b) la ironía.
Siempre tuve la certeza de que la poesía encarna una forma de conocimiento. Por algo se habla del pasaje del mito al logos. Algo así como que a partir de los presocráticos el hombre se vuelve racionalista; pero antes estaban Hesíodo y Homero que poéticamente aportaban una tradición y un conocimiento del mundo.
Entonces podemos decir que hay una explicación poética de la realidad que nos proporciona “conocimiento”. Enrique Molina en su novela Una sombra donde sueña Camila O’ Gorman, lo explica claramente en el prólogo, cuando habla de una explicación o abordaje poético de la historia, no menos riguroso que el método puramente científico.
Pero el conocimiento al que aspira llegar la poesía no es al denominado “natural”, sino al “sobrenatural”, es decir donde no puede llegar la razón. Por ello muchos poetas confunden la poesía como algo religioso.
Esta certeza (la poesía como conocimiento) se presento constantemente cuando leía Tras la llave. Leónidas Escudero busca la verdad, lo explicita en algunos de sus poemas, y por momentos hecha luz sobre ella.
En cuanto a la ironía, ésta es constante y es producto de la sabiduría del poeta que conoce sus límites. Ríe, crea, juega, canta, busca la verdad con paciencia y apenas la vislumbra se contenta y a la vez calla con cierta resignación al no poder aprehenderla en su totalidad.
III- El lenguaje
Una última reflexión: el lenguaje.
Leónidas no sólo escribe como habla su pueblo (nació y vive en San Juan) sino que, extrema el lenguaje por ejemplo, suprimiendo palabras que el lector completa como en una especie de trabajo interactivo de creación.
El lenguaje acompaña la poetización de situaciones cotidianas, y a partir de ellas el autor busca dar el salto trascendente.
Finalmente la construcción de diálogos es elemento recurrente en un contexto de natural fluidez verbal.
IV- Conclusión
Un poeta impactante, un poeta viejo y sabio.
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Datos biográficos: http://www.edicionesendanza.com.ar/autor6.asp
Tras la llave, editado por Ediciones en Danza, 2006.-
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El pensamiento gatuno
Al saltar por la ventana
a mi gato se le una pata en la reja y
colgado ahí quise ayudarlo. Cae
y no me da tiempo a que yo. Gime,
en el suelo se arrastra quiere
alejarse de mí y pobrecito
cree que soy el culpable.
Me mira sustado como diciendo: Malo
¿cómo pudiste hacerme eso?
Y nada más.
Ahora que con el tiempo sanó
de quebrarse una pata me mira miau,
miau, perdón, creí
que me habías querido matar.
Le acaricio cabeza le digo estás
ya bien, eso es todo. Y él
agradecido cierra loj ojos.
Tras la llave
¿Quién va? ¿Quién anda?
Díganme quién es y de dónde va a dónde
ese que ante mi puerta pasa a
ser feliz o a inmensamente
andar entre los que no aciertan una.
Pregunto e insisto porque anda ese hombre
con la lengua afuera por cansancio y sed
y yo corro igual ante espejismos. Buscamos
lo que jamás de los jamases, pero.
Esto es porque andamos
de modo picaflor en flores mientras
los gatos acechan. Miento,
no se trata de flores ni de gatos
sino de tantear piedras, ver si alguna
es la filosofal de toque para
cambiar nuestro mundo.
Y es mejor no decir más porque estamos
golpeando puestas del horizonte
con la cabeza y nos rebota, pelota,
sin que podamos agarrar la llave.
En Noche Extranjera, Leandro Calle no está solo. El autor está inmerso en una tradición poética que lo sostiene. Y a partir de este elemento, su obra, se manifiesta como coheredera de la alta poesía.
Su decir, entonces, se desarrolla en forma pausada y precisa, construyendo un diálogo maduro del hombre con el mundo, con su propia existencia, con los recuerdos de la infancia, la muerte y con Dios. Por esto último, Noche extranjera, es también oración interior y privada de un espíritu conmovido que plantea las preguntas fundamentales.
El verso largo y lírico, se alterna con la potencia condensada de la forma del Haiku que aparece en el momento preciso donde el poeta indaga la finitud de lo sensible, en contraste con lo sagrado, dejando una perfecta imagen poética de la presencia y distancia que vincula a Creador y creatura.
Una lectura recomendada.
Editado por Ediciones del Copista, Colección Fénix, dirigida por Pablo Anadón. 2007.
Tres poemas:
Algo habíamos quebrado
algo habíamos roto
algo habíamos hecho.
Nos descubrieron,
así lo dijo
el grito de la tía
el anuncio en los pasillos de la casa
la mirada de todos
la vergüenza.
Algo habíamos quebrado
algo habíamos roto
algo habíamos hecho.
Pero adentro
muy adentro
un impecable frasco
se hizo añicos
y cayó por el suelo.
Rodó por el piso la inocencia.
***
El fuego arde
aletea el viento
crujen las brazas.
Árbol de invierno
callado esqueleto
mudez del habla.
Llega la niebla
ante su manto blanco
el bosque cede.
***
REQUIEM
a Liz Azcona Cranwell
¿Dormías, entre la luz o la tiniebla de los últimos días?
¿Cómo fueron tus ángeles?
Vinieron de una tierra sin olvido
perfumando caballos que sólo existen en mis sueños.
El sabor de las almendras
el aquietado té
los papeles en el piso
las cifras de tu nombre
la malta
y el poema
clavado en tu garganta.
Ahora Liz, toda la sed será saciada.
La verticalidad del piano se acobarda
y en las mudas teclas
tocó la muerte un blues que conocimos.
Nos queda la palabra de tu boca sedienta
y tu mirada fija
y tus intermitencias.
Ahora Liz, toda la sed será saciada.
Y nos quedamos solos
aprendiendo tu última poesía
el corazón destrozado
y sólo un destrozado corazón
es capaz de amar y de cansarse.
Toda la sed es niebla
y toda niebla es fría
al cruzar el umbral.
Ahora Liz, toda la sed será saciada.
Cierro los ojos y sonríes
porque tu cielo
es el país de la alegría.
Elegías de la piedra que canta y Unca bermeja, dos obras de Juan Carlos Bustriazo Ortiz (1929), poeta de Santa Rosa, La Pampa, Argentina.
Leí el libro publicado por la editorial El Suri Porfiado este fin de semana, y ya lanzado en una segunda la lectura (estos textos la demandan), me animo también a escribir una línea en el blog.
Evidentemente Bustriazo Ortiz encarna una voz única (por su estilo) en el panorama poético; estamos en presencia de un poeta lírico que, de inmediato, nos aborda con el viento del llano pampeano, en sucesivas imágenes que construyen un paisaje de ensueño.
Esta palabra poética se construye sobre la forma, hay una geografía del poema que el autor respeta para, finalmente, dar el salto trascendente desde su núcleo.
Ediciones como la del Suri, y distintos trabajos de difusión, como el que lleva adelante Sergio De Mateo, y asimismo distintos homenajes en La Pampa y Buenos Aires, están dando sus frutos para acercar al público la poesía Bustriazo.
9
y otra vez fuiste una mariposa
de grandes alas escarlatas
oh y en las siestas estallantes
tus ojos eran rogativas
y yo cazaba en los cerrillo
animales de frentes tristes
para que soltaran los fogones
chillantes flores coloradas
chisporroteaban en las cavernas
los tremolantes corazones
otra vez fuiste un chamal blanco
sobre mi pecho con cicatrices
fuísteme un beso neblinoso
una centella desgranándote
oh y en la lengua de la tribu
hablabas tímida con el cielo
y ahora estoy ensusurrándote
piedras azules pasan volando
y en lo entreoscuro somos polen
(de Unca Bermeja)
Lo había perdido hace unos ocho años, el libro era del poeta Jacobo Regen, Poemas Reunidos, ediciones del Tobogán. Una joya, dedicada por un amigo.
La pérdida, al parecer, me había marcado. Pero cuando todo esta perdido, el libro apareció y, claro, el barrio entero tomo cuenta…
Estaba en la casa de mi madre, escondido en las sombras, soportando mi descuido.
PALABRAS
Sólo te pido que recuerdes
la luz de aquel amanecer
que hemos amado tanto.
He derrochado contigo
tantas palabras que creíste
ciertas,
que palpitaban,
que vivían
y amé en ti mis palabras.
Cuando dejé de amarlas,
te perdí.
En un reciente intercambio por mail con Eugenio Mandrini, reciente ganador del premio Olga Orozco, me comentaba que sus libros eran inhallables.
Por otro lado, durante la semana, busqué por todas las librerías el último libro de Héctor Miguel Ángeli, Frutas sobre la Mesa (Ediciones el Mono Armado), y nada, imposible conseguirlo.
Es cosa sabida, un libro de poesía que se publica difícilmente se consiga en las librerías. Si no se tiene contacto con el autor hay que esperar que le den el Cervantes, entonces puede ser.
Las editoriales prometen distribución, pero uno comienza a preguntarse a qué se refieren.
El jurado integrado por Antonio Gamoneda (España), Juan Gelman (Argentina), Gonzalo Rojas (Chile) y Jorge Boccanera (Argentina) ha elegido el libro “Conejos en la nieve” de Eugenio Mandrini como ganador del concurso de poesía Olga Orozco.
Página 12, publica hoy una entrevista al ganador.
Asimismo, el jurado ha decidido otorgar una Mención Especial al libro Los Fronterantes, amparado con el seudónimo “Hurón”, que pertenece al poeta argentino Ariel Williams.
LIBERTAD (poema de Eugenio Mandrini )
Escribimos sobre ella
para no ser demolidos por el día (monótono elefante)
ni por la noche (jauría en la memoria).
Para que en esta ciudad tan fría
su nombre abrigue más que una barricada de lana.
Para que los amantes incendiarios no cesen
de brillar como meteoros cuando se apaga la noche.
Para que la oscuridad no presida
la mesa, el sueño, lo imposible, el mundo.
Escribimos sobre ella, en fin,
para no volvernos radiactivos.
Otros poetas, que la ignoran, son felices o triunfan.
Hace unos días leí en La Víspera, la reflexión del autor sobre su vinculación con los libros en tiempo de mudanza. Un fragmento de aquel texto llamó especialmente mi atención: Nadie puede ser “dueño” de un libro por el sólo hecho de ir a una librería y pagar una suma determinada. Apenas somos “tenedores” de libros, pasamos por ellos y no al revés. Nuestra biblioteca será un día de algún otro y no podemos impedirlo. Lo más seguro es que se disgregue, se ramifique y se divida, conformando nuevas bibliotecas de personas que nunca conoceremos. Esos lectores también se irán y sus libros volverán a conformar otros circuitos en otros estantes, universos. Todo esto pasará si antes no sufren la quema, la destrucción o cualquier accidente que los alejen para siempre de la posibilidad de seguir siendo parte de la literatura.
Efectivamente yo también atesoré mis libros con la diligencia del lector que ama no sólo el texto, sino también el objeto denominado “libro” y, con el tiempo, mi casa se fue poblando de ellos.
Ahora he comenzado a preocuparme y a preguntarme cuál es el sentido de tener tantos libros en una casa particular. Muchos de ellos, seguramente, no volverán a ser leídos; entonces hasta qué punto no es esto un acto de egoísmo, mantenerlos atrapados, sin que puedan dar todo sus frutos. Además, ya que seguiré leyendo mientras pueda, dónde guardaré los nuevos ejemplares que vayan llegando.
He sabido de gente que finalmente se queda con unas piezas de predilecto amor, y envía otras a un depósito. ¿Será esta la solución?





