Los libros nos maravillan. Hay un encantamiento, una magia, un enamoramiento con ellos, una gravitación y –claro- una esperanza. Hace días la memoria me lleva a ciertos libros que se han incorporado, por algún motivo, de manera especial a mi vida.
Algunos que perdí misteriosamente; recuerdo aquel volumen de Jacobo Regen Poemas Reunidos, ediciones Tobogán. Este ejemplar me lo regaló un amigo hace años. Un día fui a mi biblioteca en busca de él y ya no estaba. Es un hecho misterioso, ¿cómo pudo desaparecer ese libro, tan preciado? A veces retomo la búsqueda, pero hasta hoy permanece desaparecido. ¿Alguien lo habrá robado? Estoy dispuesto a pagar un rescate.
Por otro lado hay libros que siempre quise tener pero nunca di con un ejemplar. Un ejemplo es toda la obra de Miguel Angel Bustos, que tengo en fotocopia. ¡Cómo quisiera tocar el Corazón de Piel Afuera! ¿Y el Himalaya o la Moral de los Pájaros? Ah! Otro de mis anhelos es Morada al Sur, del poeta colombiano Aurelio Arturo.
Para compensar hay libros que conservo con diligente cariño. Menciono algunos: Poesía Completa de Carlos Mastronardi; País Garza Real de F. Madariaga; Orden Terrestre de E. Molina; Interrupciones de Gelman; Pessoa traducción de Rodolfo Alonso; Luz de Agosto de Faulkner; El viejo y el mar; la misma Biblia en su versión argentina y tantos, tantos más.
También están los libros que presté y no me devolvieron nunca, en especial recuerdo la poesía completa de Alejandra Pizarnik.
Debo confesar que también he robado libros pero no diré cuáles obviamente.
Y por último las primeras ediciones, las hay preciadas: Nuevas Odas Elementales de Neruda, por ejemplo la conseguí hace unos años a quince pesos (no diré dónde).
Es hermoso tener estos compañeros de viaje, que a veces se esconden, se escapan, se van, nos llaman, nos enseñan.





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