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Según un estudio de la sociedad de fomento Villa Irupé, en los últimos años disminuyó considerablemente el índice de “jugadores de ajedrez” en nuestro país. Las estadísticas indican que 1 de cada 100 habitantes juega una partida sólo una vez al año.
Estos datos preocupan al gobierno; a tal punto que el mismo presidente de la Nación tomó intervención en el asunto realizando un llamado a la juventud para despertar y promover la vocación ajedrecística en los muchachos.
Este hecho no es aislado puesto que se tomarán medidas de carácter gubernamental. Así lo confirmó el ministro de economía quien anunció que el próximo año se destinarán 800 millones del presupuesto con el fin de promover el estudio del ajedrez en nuestras comunidades.
Estos acontecimientos se enmarcan en un desolador contexto internacional ya que según trascendió, en los pasillos de las Naciones Unidas, no pocas naciones se enfrentan con este flagelo.
Hasta hace unos días nuestra sociedad desconocía la trascendencia de este problema, pero recientemente se ha comenzado a echar luz, al conocerse distintos informes sociológicos que confirman esta triste realidad: cada vez contamos con menos jugadores de ajedrez.
Es de destacar que estos datos salieron a la luz pública a raíz del crimen de Walter Cevallos, un joven de 19 años jugador de ajedrez, ganador del Certamen Floral de Ajedrez de José C. Paz; quien fue asesinado a puñaladas por su novia en oportunidad de disputar con ella una partida. El joven, jugando con las piezas negras, encontró la muerte luego de comerle la dama a su prometida y pronunciar:- “Jaque”.
El señor K había terminado de comer su pollo cuando decidió tomar una siesta en forma inmediata. Era el mediodía sobre su casa, y los pájaros también se refugiaban del sol que, a esa hora, proporcionaba un calor extremo y proyectaba sombras de invisible fuego aun debajo de los árboles.
El señor K habitaba aquella llanura desde que contrajo matrimonio -es decir aproximadamente unos 32 años-, según pudo calcular mientras se dirigía del baño a la habitación. La cifra quedó rebotando en su cabeza al punto de no advertir que ya desnudo se había recostado y una blanca sábana lo cubría desde los pies al cuello.
- Han pasado los días y los años –dijo, y luego de un silencio agregó: - Envejecí pensando en vos, porque nos separa el tiempo. Luego marcó su cuerpo con la señal de cruz.
Aquella habitación era pequeña; antes –cuando la esposa aun vivía- la cama matrimonial se ubicaba en el centro con el respaldo contra la pared, pero ahora yacía en un costado y era sólo para una persona, habían pasado varios años hasta que decidió cambiar la anterior por esta más pequeña, porque solía pensar -para qué quiere una cama tan grande un viejo que apenas duerme unas horas de corrido-. En realidad, todo se había simplificado desde la muerte de la esposa.
Muy pocos minutos le llevó tomar la posición propia para el sueño, levemente inclinado hacia su izquierda desde dónde podía ver la ventana que daba a la calle, aunque a esta hora la persiana baja sólo dejaba entrever unos finos rayos de luz.
Sus párpados cayeron como frutos maduros y pudo ver un lago y una noche sobre sí, y una estrella y ahora muchas más en un cielo que cubría la inmensidad. Quiso rezarle a ese cielo y así lo hizo. Su plegaria atravesó el universo. Supo por el olor del viento que era alrededor de la medianoche. Luego, descubrió la primera luna y el movimiento de esta sobre el lago; una atmósfera de paciencia lo rodeaba y lo tocaba; lentos caracoles se refugiaban en la espesura a la orillas del lago, donde ranas, grillos y luciérnagas danzaban.
Quiso también volar y así lo hizo, pues ahora su cuerpo era la plegaria dirigida al cielo. Podía volar y mirar al tiempo las estrellas, a veces un pájaro lo acompañaba un trayecto y luego se despedía con una mirada de adiós. En las alturas disfrutó atravesar la franja de luz de la luna, una y otra vez, primero con los ojos cerrados (con cierto temor), después –ya animado- abriéndolos al blanco de pureza que inundaba sus sentidos.
Imaginó su cuerpo liberado de toda forma, y ensayó el misterio de la ceniza, desintegrándose en millares de partículas de luz y polvo.
Pasado un tiempo sobre el aire y el viento se detuvo a orillas del lago, congregado en la unidad de su cuerpo rejuvenecido, y fue allí cuando sus ojos vieron.
No tuvo duda, su esposa estaba allí frete a él, a la distancia de un tiro de piedra. La vio desnuda, flotando en el lago, con el rostro hacia el cielo en posición horizontal; levemente movía sus piernas y sus brazos para mantenerse a flote.
La luz que se proyectaba sobre su amada era ahora más intensa. Levantó la cabeza hacia la infinitud y advirtió, en lo profundo del firmamento, la presencia trinitaria de las lunas que como hostias vivas irradiaban aquella sobrenatural hermosura.
Su espíritu estaba en paz, permaneció mirando largamente el paisaje onírico que frente a él se desplegaba, mientas su amada flotaba horizontalmente joven con su largo cabello danzante como un negro camalote de ensueño.
Después de un tiempo, el señor K, avanzó a paso lento sobre el agua que, con paciencia, fue cubriendo sus tobillos y luego las piernas hasta la altura de la cintura. Avanzó en dirección hacia donde estaba flotando su esposa. Estiró su mano hasta sentir que la tocaba, ella pareció despertar de su acuático misterio, vio a su esposo que la había tomado de la mano, se reconocieron en una sonrisa y se abrazaron.
Las aguas subieron, como si de pronto una crecida repentina se desatara, hasta cubrirlos y desaparecieron.
A orillas del lago: ranas, grillos y luciérnagas danzaban. Este fue el primer día de un largo sueño.




